”¿Año nuevo, vida nueva?”

Por Francisco Martínez

Año nuevo, vida nueva: cotidiana frase aparentemente motivadora, que solemos escuchar por estas fechas. Ahora bien, esta frase nos resuena: A veces a chamuyo, a veces a mística, a veces a mentira; pero también puede sonarnos a oportunidad, a esperanza, a anhelos, a objetivos, a nuevas metas. Entonces podemos decir que puede ser un mito, una realidad o una oportunidad.

Va a ser un mito, en la medida en que se nos presente como un enunciado cliché, como algo que se dice más por fe (es decir, una creencia casi a ciegas) que por convicción o decisión. Como una suerte de invocación pronunciada a la nada o al universo, a los astros de las nuevas oportunidades, suponiendo que existan, claro. Casi como la receta para un truco de mágica, la creación de una ilusión.

Sin embargo, la frase existe: es real. Genera sensaciones, nos mueve, nos conmueve. Nos interpela ante todo aquello que aconteció el año anterior. Nos remite a todo aquello que tal vez deseamos y no pudimos conseguir. Nos puede transportar hacia los recuerdos de aquello que tal vez planeamos y no salió como esperábamos. Nos remite a aquello que este año se tiene que dar, que este año puede llegar a ser.

Pero puede ser también una oportunidad. Haciendo unos números rápidos, podemos decir que tenemos 365 días por delante. Distribuidos en 12 meses, aproximadamente 52 semanas, lo que a su vez nos da 8760 horas. Si cada día es una oportunidad, bueno, ahí tenemos unos cuantos días. Pero esto es sólo una forma de contar, una forma de medir, una forma convencional. También sabemos que un día puede parecer tener 30 horas, o que una semana se viva como dos, y ni hablar de las horas (aquellos pequeños seres mortíferos que cada 60 minutos nos recuerdan que paso del tiempo, el devenir de la existencia, el envejecimiento de nuestro ser, lo inevitable, lo imparable).

En un pequeño texto de Cortázar, titulado “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”, plantea una escena en la que a alguien le regalan un reloj para su cumpleaños y nos advierte: No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Se denuncia así el peso del paso del tiempo, la imposibilidad (por qué no) aparente de sustraernos a ese conteo.

Ahora bien, la medición del tiempo, o el simple hecho de tener presente el paso del mismo, no no garantiza tampoco la vida nueva. Pero hay que decirlo: nada lo hace. Ni la fe del mito, ni la realidad del paso del tiempo, ni siquiera la percepción de la oportunidad. Pero entonces ¿Qué es lo que necesitamos? ¿Cómo utilizar lo mítico o real, pero que nos interpela, a favor nuestro? ¿Cómo hacer que todo ello se convierta en una oportunidad?.

Las oportunidades son potenciales, son abstractas, son visiones, son posibilidades. Sólo un puñado de posibilidades entre tantas. Pero aquí tenemos presente al azar. Al inevitable azar con el que tarde o temprano tendremos que reconciliarnos. Y ello, porque en verdad es inevitable: el azar está presente, en cada uno de nuestros pasos, en cada uno de nuestros movimientos, en nuestras respiraciones, en nuestras palabras, y a veces hasta en nuestros gestos más inconscientes o en nuestras ideas mas recónditas.

Sin embargo, no todo es causa o culpa del azar. Y esto nos remite a lo más inquietante de nuestra humanidad: nuestra libertad. Libertad para ¿qué? Libertad de pensamiento y de acción. Libertad de decisión. Libertad de opción. Y acá es donde empieza a ponerse seria la cosa: ya no hay tanto mito, ni tanto azar, ni tanto palabrerío. Estamos nosotros, ante potenciales posibilidades que esperan nuestra decisión, nuestra opción. Que elijamos algo que deje otro tanto afuera. Cuando elegimos alguien a quien amar, alguien más suele quedar afuera. Cuando empezamos un libro, otros tantos quedan pendientes. Cuando optamos por hacernos de un saber, renunciamos a conocer muchas otras cosas. Ni hablar de elegir estar en un lugar: tantos espacios quedan a veces sin visitar o si quiera avistar.

Es por ello que propongo valernos de dos categorías básicas y ya conocidas, que nos permitirán hacer un ejercicio responsable de nuestra libertad: consciencia y voluntad. Consciencia para atender a nuestras necesidades. Pero no hablo de una consciencia pasiva: hablo de una consciencia inquieta, preguntona, indagadora, cuestionadora. Una consciencia que sepa identificar aquello que necesitamos, queremos, creemos, anhelamos, planeamos. Una consciencia que nos permita proponernos un fin o una meta clara, definida, accesible, viable, que dependa de nosotros; una imagen que nos invada y nos llene el cuerpo y el alma de una energía casi inexplicable que nos obligue a abandonar nuestra cama cada día, salir a calle y pelear por lo que queremos.

Ahora bien, la sola consciencia no alcanza para ejercer la libertad. Podemos tener ideas claras o metas definidas, y hasta incluso estar repletos de energía: pero estamos quietos y quietas. Estamos estáticos, congelados, atrapados en tramas de relaciones o pensamientos que permanecen intocables. Puede la realidad hasta plantearse como algo infranqueable, algo ante lo que no podemos atravesar o modificar. Es por ello que es necesario ejercitar nuestra voluntad.

La voluntad es más bien una categoría filosófica, en psicología puede relacionarse con la motivación. Y es un poco esto: lo que nos mueve, el motor, lo que motiva. Pero la cosa no termina ahí, porque implica decisión. La voluntad implica el paso al acto. Implica la conducta orientada, deliberada o no, hacia un fin. La voluntad es aquello que nos permite decir: “sí, lo haré”, y que efectivamente lo hagamos. Y aunque esto parezca solo un juego de palabras, no lo es: puede haber voluntad sin motivación y al revés. Hemos hecho cosas con voluntad, pero sin motivación. Y hemos tenido motivaciones sin voluntad.

Por ello, querido oyente, querida oyente: si quiere proponerse objetivos y no está muy seguro o segura de cuales, yo quisiera regalarle dos. El primero: propóngase agudizar y desarrollar su consciencia con cuanto conocimiento y experiencia se le presente. Atrévase a salir de todo aquello que por conocido le brinda seguridad pero que le mantiene atrapado o estancado. ¡Anímese! El segundo: propóngase ejercitar y fortalecer su voluntad. Todos tenemos voluntad, sólo que muchas veces la asociamos con lo placentero y ello no siempre puede ser lo más adecuado: no todo lo que nos beneficie va a ser placentero. No obstante, seguramente nos quedan muchas cosas por hacer, no tan placenteras, pero si beneficiosas. Entonces le dejo así un criterio o tal vez una pregunta: ante cada situación u oportunidad novedosa que nos suscite duda, podríamos preguntarnos: ¿es esto beneficioso para mí? ¿Cómo me beneficia?

Si a ello podemos dar una respuesta que no conlleve a perjuicios ajenos, señor o señora oyente, es por ahí. Nuestro propio ser, tiende al bienestar y al desarrollo y crecimiento. Y si se me permite, esta es mi fe humanista. Por ello, es probable que abocándonos a nuestros beneficios y a aquello que al menos no perjudique a otros, podamos crecer y vivir casi de manera constante una vida más satisfactoria y congruente, al menos con aquello que decimos que queremos: año nuevo, vida nueva.

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